sábado, 24 de febrero de 2018

Gene Clark & Carla Olson - "Gypsy rider" (1987)


Cuando en 1987 Gene Clark registra junto a Carla Olson el exquisito larga duración: "So rebellious a lover", hacía ya más de veinte años desde que había decidido abandonar el grupo con el que alcanzó la fama y el éxito que durante el resto de su carrera, el destino le negó.
Clark abandonó The Byrds en marzo de 1966, justo cuando la banda iniciaba la grabación de su tercer disco: "Fifth dimension". Gene fue el líder compositivo en aquellos primeros años de vida del grupo californiano, al que según se dice, abandonó debido a su pánico a volar, cosa que la popularidad de la banda hacía obligatorio para poder cumplir con todos los compromisos que tenían.
Después de este episodio, la carrera de Gene Clark fue un tortuoso camino de desilusiones, fracasos y sinsabores que hoy, revisada su obra, resulta algo incomprensible y cruelmente injusto.
La falta de suerte, o de una promoción adecuada, o tal vez, de sentido de la oportunidad, pudieron ser las causas de esta debacle. Lo cierto es que cuando, en 1967, Gene debuta en solitario con una delicatessen como "Gene Clark with The Gosdin Brothers", disco de melodías íntimas y deliciosas, con armonías vocales milagrosas, influenciado por los primeros The Beatles, o un año después, junto al virtuoso del banjo Doug Dillard, graba "The fantastic expidition of Dillard & Clark", excelente elepé bluegrass con esencias folk y country-rock; el mundo miraba a la música a través de cristales de eléctricos colores, en clave de psicodelia. Igualmente en 1971, el hermoso "White light", una maravilla folk con voz, acústica y armónica no parecía oportuno, los vientos soplaban espoleados por las rudas guitarras de Led Zeppelin y Deep Purple, el southern rock y el blues-rock. En cambio, cuando en 1974, la psicodelia dormía el sueño de los olvidados, y los discos barrocos no tenían sentido, nuestro amigo se zambulle en suntuosidades sónicas con el elaborado y ambicioso (pero extraordinario): "No other".
Ni siquiera quiso la diosa fortuna ser generosa con él, cuando en 1973, se reune con sus viejos compañeros de The Byrds para facturar el último disco del grupo, de título homónimo, pero que no reverdeció viejos laureles. Tampoco los dos discos grabados junto a Chris Hillman y Roger McGuinn (1979-1980) supusieron un cambio radical en la suerte de Gene Clark.
Por todo ello, en 1987, y por un encuentro más bien casual, Gene se confabula con la cantante de los Textones, Carla Olson, para grabar el que a la postre sería su último disco de estudio: "So rebellious a lover".
Aquí, un desencantado Clark, nos ofrece junto a su compañera, un disco crepuscular, acústico, folk y country; un trabajo de camino y granero, de olor a heno y sabor a pan de maíz y licor de zarzaparrilla; un cancionero en el que, en muchos momentos, manda la melancolía y el rumor de la tristeza.
De entre todas las coplas que lo conforman, destaca en mi opinión, la composición de Clark: "Gypsy rider": "un maravilloso tema de encendida melodía, melíflua y de exquisitos contornos. Un canción triste, de carretera, la odisea de un vagabundo que ha perdido a su chica, y sabe que el horizonte desconocido es su destino. Pero se trata de una odisea con una inigualable sensación onírica, como si la historia, el sonido de las acústicas mecidas por la steel y casi susurradas por Clark, escapasen de un sueño, del sueño raquítico de un hombre sin esperanzas, como el último reducto de pena de un moribundo".
Siempre me emociona, casi, me sobrecoge, me pone triste, y sin embargo, me hace albergar esperanza a propósito del perdedor que la protagoniza, pues alguien que canta algo tan bello, tiene por fuerza, que tener suerte algún día.
Gene Clark no la tubo, y en mayo de 1991, con 46 años, murió antes de acometer un nuevo proyecto musical en solitario, y repetir en un nuevo disco con Carla Olson. Las pérdidas, los fracasos en lo profesional y en lo personal, hicieron de Gene Clark una persona enferma, de espíritu vencido, sus adicciones hicieron el resto, y nos dejó, sin saber que hoy, muchos hemos revisitado su legado, y nos empeñamos en situarlo donde corresponde, a la altura de los grandes, pues Gene Clark fue, sin él saberlo, uno de los más grandes y sensitivos compositores que han existido.



Texto publicado en el estupendo blog Musicae Memorandum, como aportación personal al quinto aniversario de los amigos de este blog, y que ahora comparto aquí, para desde casa felicitar a Musicae Memorandum.

jueves, 22 de febrero de 2018

Barrence Whitfield visita España el próximo mes de mayo-


No hace mucho que ha pasado por estos lares nuestro querido Barrence Whitfield. En su última visita venía acompañado de los magníficos Mambo Jambo, en lo que fueron unos bolos excitantes y sumamente divertidos, según cuentan los afortunados que pudieron asistir.
No se ha hecho esperar el grandullón de Barrence, y anuncia un nuevo tour por aquí para el próximo mes de mayo.
Sin duda, se tratará de unos conciertos que elevarán la temperatura del mes de las flores, pues en un concierto de esta bestia parda, si hay algo que no falta, es calor, energía y rock-soul-garaje de alto no, altísimo octanaje.
Eso si, en esta ocasión viene acompañado de su banda habitual, los frenéticos The Savages, en lo que será su tour europeo. Toca disfrutar, aprovechemos la ocasión.
Listado de fechas, ciudades y salas que tendrán la suerte de contar con Barrence Whitfield & The Savages.

Jueves 24 de mayo de 2018: Barcelona, Sala UpLoad 
Viernes 25 de mayo de 2018: Alicante, TBA 
Sábado 26 de mayo de 2018: Maeztu (Vitoria- Gasteiz), Mendialdea Music Festival 
Domingo 27 de mayo de 2018: Madrid, Sala El Sol 
Lunes 28 de mayo de 2018: Granada, Sala Planta Baja 
Martes 29 de mayo de 2018: Sevilla, Sala X 
Jueves 31 de mayo de 2018: Donostia, Kutxa Kultur Kluba.

The Lost Brothers - "Halfway towards a healing" (2018).


No sabía de la existencia de The Lost Brothers, lo admito. Ha sido hace cosa de unas semanas que he empezado a escuchar este nombre de manera recurrente. ¿El motivo?, la publicación de un nuevo disco del dúo irlandés formado por Mark McCausland y Oisin Leech titulado: "Halfway towards a healing".
Quinto trabajo de su carrera y yo mirando para otro sitio. Finalmente arribamos en la orilla de sonidos y emociones de esta pareja, que en esta ocasión, primera para el firmante de esta reseña, dejan, bajo producción y colaboración de Howe Gelb un ramillete de emocionantes, etéreas y esbeltas coplas, de esas que nos apaciguan de las agitaciones propias de estos días que vivimos.
Con influencias que entroncan el folk primitivo de Pete Seeger o Woody Guthrie con el country seminal de Hank Williams y Townes Van Zandt; el pop iniciático de The Everly Brothers con artistas de la onda acústica y susurrante del tipo Doug Paisley o el recientemente desaparecido Bap Kennedy.
Por sus composiciones merodean, además de guitarras acústicas, vientos y metales que aportan frontera y crepúsculo, acordeones repletas de melancolía, armónicas paisanas, pianos que suenan a arte sencillo e íntimo, voces que sin pretensiones cautivan, acariciadores violines... todo un manjar: sencillo, sin aparatosidades, pero de un sabor inequívocamente cercano y eterno a la vez, sabor a 'la vida misma'.


Nos encontramos pellizcos jazzisticos en la trompeta de la hermosa "Summer rain". Armonías que evocan a la nostalgia que viaja en el viento en la inicial "Echoes in the wind", de evidente aire irlandés. Sentimientos fronterizos en la instrumental "Rains of ruin", alusiones sónicas a Simon & Garfunkel en "Where the shadows go" o ligerezas folk de tono parlanchín en "Cry for a sparrow".
Componen junto al también irlandés Glen Hansard la bella y diáfana pieza acústica: "More than I can comprehend" y encandilan con Howe Gelb recitando una pieza repleta de encanto y sencillez titulada: "The ballad of The Lost Brothers".
"Halfway towards a healing" es más densa, más punzante; "Songs of fire" es palpitante, onírica; "Iron road" es un country de camino y paisaje; "Nothing's going to change me now" es delicada, sincera y con ese aire de poniente acariciándola con una línea de cuerda.
Hay más: "Come tomorrow", que me recuerda al canadiense Doug Paisley y el bonus track, una preciosa pieza de baile, de salón, el otro instrumental que cierra brillantemente el disco, y que lleva por título: "Gabriel at midnight".
En tiempos tan frenéticos, rabiosos, amargos y cetrinos como los que vivimos, "Halfway towards a healing" es un buen refugio, un descanso para entornar los párpados y dejarse llevar por ecos del pasado, sueños a los que aferrarse y esa utopía global llamada paz; aunque algunos seguimos buscando porciones de ella, aquí, hay alguna.
Bandcamp donde poder escuchar y adquirir "Halfway towards a healing", pinchando aquí.



martes, 20 de febrero de 2018

Los fantasmas de los Olabe - Las paranoias de Addi.


En 1981, Iñigo Olabe era un niño de once años. Para él, Franco era el asesino de su abuelo Martín. Sabía que aquél señor no dejaba a sus padres ni a sus tíos hablar en euskera, y que los perseguía si lo hacían. Le habían contado que Franco quería vengarse del tío Alejandro porqué era alcalde de Trapaga tras ganar las elecciones municipales de 1931, militando en el PNV, y que al final lo consiguió metiéndole en la cárcel durante diecinueve años, para devolvérselo a la tía Justa medio muerto, aunque él decía que demasiado vivo, y casi ciego.
En 1981, para Fernando Pacheco, de también once años, Franco era el señor cuya foto, el decrépito don Bruno volvía a colgar de la pared del aula día tras día, años atrás, antes de jubilarse, retirando y encerrando en un cajón la del nuevo rey. Aquél viejo y sádico profesor decía que el caudillo siempre sería el jefe del estado, y no aquél mequetrefe de Juan Carlos I.
El padre de Fernando era un trabajador del sector del metal que llegó a Bilbao desde su Segovia natal en los finales sesenta, y siempre evitó problemas políticos y sindicales.
Cuando Iñigo y Fernando empezaron la EGB cinco años atrás, el orden alfabético quiso que compartieran pupitre. Desde aquél día se hicieron inseparables, amigos, confidentes, casi hermanos.
Tan colosal era aquella amistad que los padres de ambos terminaron conociéndose, y a pesar de las diferencias ideológicas y culturales, se hicieron amigos.
Al llegar la primavera de aquél año, y recuperados del susto del 23-F, Ángel y Amaia, los padres de Iñigo, invitaron a Fernando a pasar un fin de semana en el caserío de la familia paterna, en el pueblo de Villaro.
El viernes, después del colegio recogieron a la pareja, que se pasó el viaje imaginando las mil aventuras que les esperaba aquél fin de semana en los bosques que rodeaban la casona.
Cuando llegaron, Fernando se sintió intimidado por el lugar; el caserío se incrustaba en la tierra desafiando a la pendiente. Se alzaba a la orilla de un camino sin asfaltar que conducía al monte Gorbea, que parecía vigilarles a todos desde las fantasmagóricas alturas nebulosas. Le llamaron la atención las ventanas de madera, pequeñas y pulcramente pintadas de verde, igual que el portón, rústico, de doble cuerpo de roble y que, como pudo comprobar, nunca se cerraba con llave. Piel de piedra coronada por un tejado de tejas marrones, casi negras y que protegían el austero interior del frío y la lluvia, aroma a fuego y humo, y el rumor de las piñas que crepitaban en la chimenea danzando con el fuego, le pareció el lugar más remoto de la tierra.


Les recibió Elvira, la abuela de Iñigo, Fernando sintió un estremecimiento que le recorrió la espina dorsal como si una hormiga calzada con cuchillas desfilase por su espalda. La imponente figura de la matriarca le sobrecogió, entonces pensó que nunca había visto una mujer de mayor tamaño, como una montaña, el rostro esculpido por el dolor y la dignidad, duro y cortante, pero de limpio cutis, terso y tirante, el pelo pegado al cráneo, blanco y recogido en un moño y una mirada gris, como de cemento.
Vestía totalmente de negro, y poseía una voz varonil, fría y segura, que marcaba distancias con sus vecinos y con el miedo, que nunca pudo someterla. Ni en los peores días, cuando la guardia civil la llevaba, en medio de la nevada nocturna al cuartelillo de La Salve en Bilbao para preguntarle por su marido, desaparecido desde el 36, o por su cuñado Raimundo, pensaban que estaban vivos y refugiados en la provincia, y sospechaban que ella sabía donde se escondían, y que les ayudaba con comida y abrigo. Están muertos, vosotros los matasteis durante la guerra, y no sabemos en que cuneta los enterrasteis, como a perros, respondía sin que el temblor se filtrase en su laringe. Ni los golpes, ni los insultos, las amenazas y la oscuridad lóbrega de la celda pudieron con la voluntad y el odio de Elvira, pero su rostro, hermoso y amable cuando casó con Martín a los dieciséis, no volvió a sonreír jamás.
El sábado, tras el desayuno, Iñigo y Fernando fueron a jugar, Iñigo le enseñó su mundo del pueblo, íntimamente adherido a los recuerdos de los Olabe, a la guerra y a los fantasmas de la familia. Le relató historias de la guerra, eran una estirpe de héroes, de gudaris, eso si, casi todos muertos antes de alcanzar la treintena.
Acurrucados en el pajar, frente al caserío, observaron a la abuela como daba de comer a las gallinas, acarreaba pienso y cortaba astillas para la chapa con un hacha negra y aterradora, imaginándose que cercenaba el cuello del cabo Julio Mas, que llegó al pueblo un mal día del otoño del cuarenta, para quedarse a esparcir miedo y maldad entre los habitantes de Villaro, mayormente viudas y madres de luto perpetuo sin ganas de continuar vivas. Un buen día, el aún joven cabo, apareció muerto, en una cata, en la zona minera, con la cabeza abierta y el rostro desfigurado a base de golpes y patadas, nunca se supo quién, o quienes fueron los responsables. Pero una noche de enero, antes de irse al averno, en un interrogatorio en la casa cuartel de Zeanuri, aquél miserable violó, golpeó y humilló a Elvira entre las risas y los tragos de aguardiente de sus esbirros, como no la pudo arrancar ni una palabra, la echó a golpes, pateando su espalda y sus piernas con sus botas de puntera metálica. La dejó tirada, medio desnuda y con la nariz rota, abandonada en medio de la ventisca, al cuidado de los lobos.
Iñigo llevó a su amigo a pasear por el bosque, hayas, robles y encinas se turnaban en una orografía dura, terrosa y espectral. Le llevo a su lugar favorito del bosque, a las trincheras, que aún se alineaban entre los sauces y los pinos. En aquellas trincheras habían luchado sus tíos y su abuelo Martín, y tal vez, allí dejaron este mundo. A su abuelo lo dieron por muerto en el año cuarenta y seis, aunque realmente no se sabe que le pasó. En un montículo que dividía la trinchera en dos, se observaba un espacio más profundo, como un círculo perfecto cavado en la tierra, es la trinchera donde se ponía la ametralladora rusa Maxim PM 1910 que disparaba el tío Alejandro, los ojos del joven Íñigo brillaban de emoción y orgullo al contarle las viejas leyendas de la guerra de los Olabe. Fernando escuchaba absorto, deseaba conocer más detalles.
Llenaron la trinchera de piñas, que después disparaban, convirtiendo sus cuerpos en morteros, contra un enemigo invisible, para ambos, aquello significaba la venganza por la desaparición del abuelo Martín, la ceguera del tío abuelo Alejandro, el fusilamiento de Raimundo, el exilio de los primos Goio y Sebas, que nunca regresaron ni escribieron. Con sus piñas intentaban ganar la guerra interminable contra los rebeldes fascistas, la que nunca termina.
Exhaustos, tras una dura pero victoriosa batalla, se dejaron caer contra la tierra dura y arcillosa. De repente, paseando por la trinchera, silbando una triste tonada y como flotando entre las paredes de tierra, rociado por un polvoriento rallo de sol de primavera que se colaba entre las ramas de los pinos, se acercó un hombre que parecía llevar un millón de años solo. Su rostro indicaba las incontables penas que le habían infringido las muchas décadas que sin duda arrastraba a su espalda, junto a la mochila, el fusil y los recuerdos. Era como una visión del pasado, el espectro de un republicano perdido en la noria de la historia, siempre girando sobre los mismos dolores, las mismas penas, las insuperables pérdidas.
Vestía un roído uniforme del ejército rojo, unas botas agujereadas y un anillo de bodas que no dejaba de meter y sacar de su esquelético dedo anular. El rostro calloso, las briznas de pelo color nicotina que asomaban por los laterales de su gorra, y unas lágrimas congeladas en sus ojos castaños les asustaron primero, para después causar en los niños una infinita aflicción.
Les sonrió con una boca escuálida y negra, y para ganarse su confianza, saco unas avellanas del bolsillo y les ofreció unas cuantas a cada uno. Las comieron juntos, utilizando una piedra para romper las cáscaras, y pronto sintieron curiosidad.
Les contó que el mundo se detuvo cuando los nacionales tomaron la comarca. Alguien les traicionó, nunca se supo quién, algunos huyeron monte a través y se reunieron con el tercio de Aragón, donde también fueron emboscados. Terminaron, hambrientos, y nuevamente traicionados, perdiendo Madrid, no sin antes luchar contra el ejército de desleales del judas Segismundo Casado, muchos fueron fusilados, otros encarcelados y abandonados al dictado temporal del hambre y las enfermedades, otros consiguieron salir de España. El se salvó, aunque no sabe cómo. Desde entonces vivió en los montes, solo, soñando con volver a casa, esperando que ya no le buscasen, que no le odiasen, pero cuando eso ocurrió, si es que alguna vez ocurrió, ya no sabía vivir de otra manera ni tenía valor para intentarlo. Lloraba, besaba su alianza, miró a los dos críos, con una desoladora expresión de certeza de que sería la última vez. Ellos le observaban emocionados y tristes, con encendida amargura, pero con un amor que no sabía negociar, les imploró que fuesen siempre libres, que no permitiesen que nadie les arrebatase la libertad. Revolvió el pelo duro y negro de Fernando y besó a Iñigo, una vez, dos, tres, muchas veces.

Y sin decir más, se fue, flotando por su trinchera, errante, silbando su triste canción, como una aparición de un pasado detenido en la memoria de muchos.




lunes, 19 de febrero de 2018

Los lunes... escenas de cine - "La Huella".


Se decía de las películas de Joseph Leo Mankiewicz que se podían entender perfectamente sin necesidad de mirar a la pantalla, sólo escuchando a los interpretes. El film de este lunes: "La Huella", es un claro ejemplo de esto.
Última película del gran realizador estadounidense, basada en una obra teatral del gran Anthony Shaffer. Duelo interpretativo colosal entre dos de los grandes de la escena británica: Michael Caine y Lawrence Olivier.
Un estrafalario escritor de novelas de misterio vive en una barroca casona repleta de juguetes, autómatas mecánicos y juegos de enredo e ingenio. Invita al amante de su mujer, con la que quiere casarse, para tratar con él aspectos del divorcio.
Finalmente le propone, con el fin de eludir pagar la pensión a su (según él) egoísta y avariciosa esposa, fingir el robo de unas joyas y recibir el nuevo matrimonio la indemnización del seguro. Las cosas no son lo que parecen y el juego se va haciendo peligroso y humillante.
Magnífica película, con estupendos decorados de la casa del escritor y excelente música de John Addison.
Nos quedamos con el ambiente rococó de "La Huella".
¡Feliz semana!

domingo, 18 de febrero de 2018

Los domingos photosong - JJ Cale - "Cajun Moon".


Mañana dominical que empleo a la calma tras la tempestad. Dejamos atrás una mañana-tarde-noche de comida y cervezas con grandes amigos (aunque la edad nos obliga ya a recogernos pronto), el domingo lo empezamos con un buen desayuno, un rato de lectura y ahora, a pinchar algunos discos.
Revisando en la estantería he visto este "Okie" que firmó en 1976 el inolvidable J.J. Cale, me detengo en el primer tema de la segunda cara, este "Cajun moon" con el que uno se da cuenta de que Mark Knopfler debería pagar derechos de autor a los descendientes y familia de el gran predicador del rock y el country de Tulsa.
Seguimos recuperando los biorritmos con el gran J.J. Cale y este "Cajun moon", que escuchamos en una estupenda toma en vivo de 1990.
¡Feliz domingo!



sábado, 17 de febrero de 2018

Sitcom Neighbor - "Shag" (2017).


Incomprensiblemente este disco que hoy traemos aquí pasó desapercibido para prácticamente todo el mundo el pasado año. También para un servidor, que lo descubrió de casualidad con el nuevo curso ya iniciado. El impacto que causó en mi fue considerable, y debo decir que el disco empezó a sonar a todas horas, sigue haciéndolo, y creo que se va a quedar conmigo de forma permanente.
Sitcom Neighbor es un proyecto procedente de L.A. y formado por el cantante y compositor John Murphy y el productor y multi-instrumentista Steve Refling.
"Shag" es el tercer larga duración del grupo, que tras cada disco deja una alargada estela de deslumbrantes críticas y elogiosas reseñas que contrastan con la escasa repercusión que consiguen sus trabajos.
Fans de The Beatles, The Kinks o Elvis Costello, es evidente que el pop de los sesenta es el punto de partida y cimiento sónico de su estilo, que se va enriqueciendo con aportaciones setenteras de gente como Big Star o Badfinger para llegar a la edad del resurgimiento del power-pop, los noventa, recogiendo esencias de bandas como The Posies o Teenage Fanclub.
Es por tanto otra banda de melodías diáfanas, encendidas y optimistas, de guitarras radiantes y estupendas armonías vocales, con algunas gotitas lisérgicas. Solventan cada corte de este maravilloso disco en aproximadamente tres minutos, condensando en este minutaje tanto jugo que el frescor que rezuma cada tema es ciertamente delicioso y sorprendente.
Pero para muestra un botón, y si les parece acerquen las orejas, eso si vía Spotify, (no hay otra) a este preciosísimo tema titulado "Tourist attraction".



Pero no es esta joya el único momento susceptible de deleite, en el tracklist sobran argumentos para enamorarse de este cancionero. Se aconseja no perderse algunos momentos en los que se sienten los ecos psicodélicos de los Fab Four como "Pimpmobile", sugerentes acústicas que bordean el folk: "Insomnia" o esencias beatlemanas tan deliciosas como "Let me be your man".
No faltan guitarras rugientes en powerpops de alto octanaje, sírvanse si gustan, detener su camino en temas como "You turn next""Love you like crazy" o "Lucky day".
Difícil no adorar bellezas melódicas de intenso lirismo como este "Goodbye".



No oculto mi emoción cuando de elogiar este álbum se trata, pues en cada giro sónico nos ofrece una nueva y refrescante copla, aquí con acústicas y teclas: "Deserve", allá con riffs ardientes que se funden con voces primorosas: "No one really knows" o acullá con psicodelía bañada por las aguas del Pacífico: "Anything".
Me van a permitir que les recomiende encarecidamente este disco, pueden escucharlo en Spotify y adquirirlo en el siguiente enlace: Sitcom Neighbor, y en las plataformas habituales.
Creo que merece la pena... y mucho.